Junio 1917: en Rusia, la paciencia se agota – Por Miguel Salas

Junio 1917: en Rusia, la paciencia se agota – Por Miguel Salas

Publicado en Sin Permiso el 17/06/2017. El periódico realiza una crónica de la Rusia prerevolucionaria extrayendo partes de ¿Cuándo amanecerá, camarada? de Jean-Paul Ollivier

 

“No solo necesitamos ponernos al día con las clases contra las que estamos luchando,

sino superarlas. Ahora somos los dueños de nuestras propias vidas

y por eso debemos ser maestros de todas las armas del conocimiento”.

(De un boletín de actividad cultural de la empresa Putilov)

Han pasado poco más de tres meses desde que en febrero la revolución acabó con el zarismo. El esfuerzo y la acción fueron de las masas trabajadoras, pero el poder pasó a manos de la burguesía, que tuvo que convivir con los soviets, en una situación de doble poder. Tras las jornadas de abril, la presión de las masas obligó a la formación de un gobierno de coalición formado por diez ministros capitalistas y cinco socialistas moderados. El gobierno seguía siendo incapaz de responder a las exigencias de la revolución: paz, pan, tierra y mejores condiciones de vida, y en junio se abrió una nueva crisis. Mientras, en España, ese mismo mes los cuadros medios del ejército ponen en un brete al régimen de la Restauración, inaugurando así un trimestre convulso. En julio, una reunión de parlamentarios exigirá una mayor autonomía para Catalunya y en agosto los sindicatos convocarán una huelga general.

Una catástrofe inminente

Bien diferente era en Rusia. Un proceso revolucionario significa la aceleración de los conflictos sociales y de la conciencia de las clases. Toda revolución exige claridad de propuestas y medidas enérgicas para realizarlas. El gobierno y los socialistas moderados iban perdiendo la confianza de las masas con la misma rapidez que crecía la confianza en los bolcheviques.

“¿Cuándo va acabar esto? – escribe Lenin- ¿Debemos esperar a que el desastre arrase el país y la gente comience a morirse de hambre por cientos y miles?” La situación económica va de mal en peor. La inflación es galopante. La producción metalúrgica cayó un 40% y la textil un 20%. El precio del pan se multiplicó por tres. En junio se racionó el consumo de azúcar. En las ciudades había escasez de carne. El ferrocarril, medio básico de comunicación en un país tan enorme, estaba muy desorganizado. En algunas líneas el número de locomotoras fuera de servicio alcanzaba el 50%. Este desbarajuste agudizaba las dificultades para el transporte de mercancías y el abastecimiento, las ciudades apenas recibían el 10% de sus necesidades. La carestía de la vida estaba completamente descontrolada. La inflación llegó al 400% anual. Comparando los precios con los existentes antes del inicio de la guerra, el azúcar había aumentado un 2.600%, la patata un 1.900%, el pan un 1.500% y la carne un 400%. La situación de las masas trabajadoras oscilaba entre la penuria y el hambre.

Los patronos, que durante la guerra habían tenido beneficios multimillonarios, se enfrentan a la presión y exigencias de la clase trabajadora. Recordando la experiencia de la revolución de 1905, intentan imponer un lockout (el cierre generalizado de las empresas). La prensa de derechas empieza una campaña para amedrentar. Riech, el periódico de los kadetes (algo así como el PP actual) publica: “Pasarán dos o tres semanas y las empresas empezarán a cerrarse una tras otra”. Durante marzo y abril cierran 129 pequeñas empresas que dan trabajo a 9.000 personas; en mayo son 108, con igual número de trabajadores; en junio son 125, que afectan a 38.000 obreros y obreras; en julio serán 206, que daban ocupación a 48.000. La situación era insostenible.

Durante este mes de junio, los sectores más atrasados y explotados, las pequeñas empresas, se ponen en huelga (lavanderas, tintoreros, dependientes de comercio, zapateros, etc.) Por el contrario, los metalúrgicos tienden a contener el movimiento, conscientes de que las luchas parciales ya no resuelven nada, que hay que “remover los cimientos”. Una resolución de la asamblea de la fábrica Putilov, en la que trabajan unas 30.000 personas, llama a “contener la legítima protesta” para prepararse y organizarse mejor, pero la situación es tan grave que también se alzan voces impacientes contra los bolcheviques. Delegaciones de obreros y obreras de todo el país acuden a Petrogrado a pedir que el Estado se haga cargo de las empresas, en unos casos porque los empresarios han huido y, en otros, porque pretenden cerrar. Desde febrero, en muchas empresas se han formado comités de fábrica que se ocupan de controlar a los empresarios y la producción. Pero el gobierno ni responde ni quiere afrontar ese problema. Conclusión: cada vez más sectores de la clase trabajadora opinan que hay que cambiar el gobierno, que los soviets deben adueñarse del poder. Así va creciendo la autoridad de los bolcheviques.

Pero no solo era eso. En realidad, buena parte de la producción que funcionaba estaba determinada por las necesidades de la guerra, y, sin embargo, una mayoría importante de la población trabajadora consideraba que la guerra no debía continuar. Las necesidades de alimentar al frente se anteponían a las de la población de la retaguardia, y no pocas veces eso fue causa de enfrentamientos. El gobierno seguía empeñado en su política imperialista: preparaba una nueva ofensiva militar en el frente y apoyaba la ocupación de Albania por Italia, o de Persia por Gran Bretaña y la conversión de Grecia en un protectorado británico. El 12 de junio, el gobierno de coalición vuelve a imponer la pena de muerte en el frente para los soldados que se insubordinen o deserten. La población quería acabar con la guerra; el gobierno seguía detrás de los planes imperialistas. No tardará en llegar el choque, máxime cuando la patronal explicita que “el origen del mal no está solamente en los bolcheviques, sino que está también en los partidos socialistas. Sólo una mano firme, una mano férrea puede salvar a Rusia”. La advertencia de un golpe militar no podía ser más clara.

Recuento de fuerzas

El mes de junio se convirtió en la ocasión para recontar las fuerzas de la clase trabajadora. Se celebran tres reuniones importantes, la de los comités de empresa, la de los sindicatos y el congreso de los soviets de obreros y soldados de toda Rusia. Estas organizaciones, junto a las de los campesinos, representan al conjunto de las fuerzas organizadas de las clases trabajadoras. De ellas dependerá el futuro de la revolución en los próximos meses.

Los comités de fábrica surgieron de los comités de huelga elegidos durante la huelga general de febrero. Se mantuvieron como representación obrera ante la huida de empresarios o para controlar el proceso productivo y progresivamente fueron interviniendo en casi todos los aspectos de la organización del trabajo, y también fueron ocupándose de otras actividades en las empresas: culturales, guarderías, coros, conferencias, actividades de ayuda mutua, etc. En su conferencia, celebrada entre el 30 de mayo y el 3 de junio, se reunieron 499 delegados y delegadas (el sector del metal aportó 261), en su mayoría de Petrogrado y sus alrededores. Se debatieron temas relativos al estado de la industria, al control y regulación de la producción, su relación con los sindicatos y también sobre la actitud ante el gobierno de coalición. Las propuestas bolcheviques obtuvieron 297 votos, 21 en contra y 44 abstenciones. Fue una confirmación del avance de su influencia. Se eligió un Consejo General de 25 personas. Los comités de empresa jugaron un papel muy importante en la puesta en marcha del control obrero sobre la producción, que fue decisivo para la organización del trabajo tras el triunfo en octubre. Los comités de empresa encabezaron también la organización de las milicias obreras para luchar contra la contrarrevolución.

En Rusia no habían existido sindicatos obreros legales. En los pocos meses que duró la revolución de 1905 apenas hubo tiempo para su constitución. Los intentos del zarismo para controlar a la clase trabajadora, como hicieron los fascistas mientras duró el franquismo, fueron fracasando. Por eso, la revolución supuso un gran impulso para la organización sindical de la clase trabajadora. La conferencia de los sindicatos de toda Rusia, que se reunió entre el 21 y el 28 de junio, asistieron 211 delegados con voz y voto en representación de alrededor de 1.400.000 afiliados. 73 de ellos eran bolcheviques. Reaparecieron debates antiguos sobre la neutralidad o no del movimiento sindical, sobre si sólo debían ocuparse de las reivindicaciones laborales, y debates del momento sobre la actitud que el movimiento sindical debía tomar frente a la guerra imperialista o el gobierno de coalición. Por tan solo 12 votos se impusieron las opiniones de los mencheviques, los socialistas moderados.

Sin duda, el acontecimiento más importante fue la reunión, del 3 al 24 de junio, en Petrogrado del Congreso de los soviets. Están presentes todos los revolucionarios que han combatido al zarismo. Entre todos suman siglos de cárcel, de persecución y de exilio. Se reunieron 1.090 delegados, 822 de los cuales tenían voz y voto, que representaban a 305 soviets, más 53 soviets regionales y 35 organizaciones del ejército. Tenían voz y voto los soviets con más de 25.000 miembros. Los formados por 10 a 25.000 sólo tenían voz. Con esos datos se calcula que en el Congreso estaban representadas más de 20 millones de personas. De los 777 delegados que facilitaron datos sobre su filiación política, 285 eran socialrevolucionarios, 248 mencheviques y 105 bolcheviques; después venían otros grupos menos nutridos y 73 independientes. El ala izquierda, formada por los bolcheviques y los internacionalistas, representaba menos de la quinta parte de los delegados.

Los debates del congreso giraron en torno a dos cuestiones principales: a/ la actitud ante el gobierno de coalición y las medidas para luchar contra la crisis y b/ la guerra. La posición mayoritaria, representada por los mencheviques y los social-revolucionarios, proponía supeditar los soviets al gobierno de coalición y, presionados por los aliados británicos y franceses, propusieron que el congreso apoyara una resolución a favor de una ofensiva militar contra los alemanes. Los bolcheviques defendieron que los soviets representaban a la mayoría de las clases trabajadora, que esa mayoría estaba en condiciones de tomar el poder y propusieron que este pasara a los soviets. En el desarrollo del congreso, para defender su posición de alianza con la burguesía, Tsereteli, ministro de Correos, dirigente del soviet y socialista moderado, dice desde la tribuna: “En este momento no hay en Rusia ningún partido que diga: “Dadnos el poder. Marchaos, nosotros ocuparemos vuestro lugar. Ese partido no existe entre nosotros”. Una figura se levanta de su butaca y declara: “Sí, ese partido existe”. (¿Cuándo amanecerá, camarada? Jean-Paul Ollivier) Es Lenin quien habla. La mayoría del congreso se burla, pero la idea de que el poder debe pasar a los soviets es cada día más popular.

Los partidarios de mantener la coalición con la burguesía obtuvieron una amplia victoria: 543 votos favorables frente a 126 contrarios. Sin embargo, la moción aprobada limitaba la confianza a los ministros socialistas y al programa gubernamental, pero no a los ministros burgueses del gobierno. La mayoría del congreso acordó también dar apoyo a la ofensiva militar que preparaba el gobierno de coalición. Será un fracaso militar y político y una pérdida de vidas humanas.

Una lección de táctica

La grave situación económica y el anuncio de una ofensiva militar tensaron aún más la situación a lo largo del mes de junio. Los bolcheviques deciden convocar una manifestación pacífica para el 10 de junio, con el Congreso de los soviets reunido. Sin embargo, la mayoría del soviet recibe esa convocatoria como una amenaza y decide prohibirla, con la excusa de que la contrarrevolución podría aprovechar la situación. El escándalo es mayúsculo. Es la primera vez que se prohíbe una manifestación, y el gobierno y los socialistas moderados pretenden también doblegar a los bolcheviques. El dilema tiene difícil solución. ¿Hay que ceder a las amenazas y suspender la manifestación? ¿Hay que defender el derecho a manifestarse y enfrentarse a la mayoría del soviet? Después de muchos y difíciles debates, los bolcheviques deciden suspenderla. Envalentonados, los socialistas moderados deciden convocar una manifestación para el domingo siguiente con el objetivo de que las masas expresen su apoyo al gobierno de coalición y a la ofensiva militar.

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