¿Quién paga por tus deseos?

¿Quién paga por tus deseos?

El capitalismo de las emociones satisface cualquier sueño de consumo a costa de la pesadilla de millones

Núria Navarro

A mediados del 1700, mientras diseñaba las bases de la democracia moderna, Rousseau expresó en voz alta una inquietud de futuro: «Que nadie sea tan pobre como para querer venderse y nadie sea tan rico como para poder comprar a otros». ‘Et voilà’, dos siglos y pico después estamos metidos en esa charca, chapoteando en lo que el filósofo Byung-Chul Han llama «la violencia de la libertad».

Se trata de una lógica nueva. En el primer capitalismo, el fordista, el del siglo XX, el orden mercantil consistía en primero producir, y después consumir. «El gobierno del ser humano pasaba a través de la ciencia y de la razón instrumental», recuerda el periodista Esteban Hernández, autor de ‘Los límites del deseo’ (Clave Intelectual). «En la medida en que los deseos buscaban su satisfacción, las instituciones de la época –la fábrica, la empresa, el ejército y la escuela– trataban de separar al hombre de impulsos biológicos que, liberados a sí mismos, harían fracasar cualquier intento de vida en común». La civilización se creó, pues, para someter ese ansia por el bien de todos.

«Tú puedes»

Pero cuando el conocimiento, la cultura, el periodismo y el Estado de derecho han perdido los resortes que les concedían autonomía, al capitalismo avanzado se le encendió la bombilla: ¿qué tal sustituir el coercitivo «tú debes» –que siempre enfurruña– por el alegre «tú puedes»? Generar primero deseos y producir, después. Así se inauguró el supermercado de los anhelos ilimitados, antes reservado a una selecta minoría.

«Se ha creado una fantasía de independencia intolerante a toda restricción externa», señala el economista Frédéric Lordon

Y ahí estamos –o para ser más exactos, ahí está el 30% que puede consumir–, en el «lo quiero, y lo quiero ya», pateando el viejo imperativo de no utilizar al prójimo como medio («cuando el deseo aprieta, el individuo no ve los daños colaterales», explica el conductismo clásico). «En el delirio de lo ilimitado –matiza el economista Frédéric Lordon, autor de ‘Capitalismo, deseo y servidumbre’–, el requisito es la fluidez casi perfecta con un mínimo compromiso con el proveedor». Se ha creado una fantasía de independencia «intolerante a cualquier restricción externa».

El deseo como derecho

Empecemos con un ejemplo que siempre acaba en lanzamiento de trastos ideológicos. Este verano, una mujer atrapada en Kiev (Ucrania) por la demora en el papeleo de su hija nacida por gestación subrogada –»una niña muy deseada»– se quejaba ante las cámaras: «Estar aquí tiene costes. Si no trabajo, no cobro. Me quedaré sin vacaciones el año que viene y también el siguiente». ¿Notan en su interior el ruido de una uña rascando una pizarra? Desea un hijo, desea volver a casa, desea unas vacaciones. ¿Qué problema hay? «¿La indiferencia moral?», levanta el dedo con humildad el antropólogo Gregory Bateson. El deseo de ser madre es posible porque existe una industria que facilita su cumplimiento por entre 9.000 y 240.000 euros (con la debida ‘compensación’ a la gestante). Bauman expone, con elegante simplicidad, que «para que uno sea libre debe haber al menos dos». En otras palabras, que «ser libre significa tener el permiso y ser capaz de mantener a otros no libres».

 

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*Foto de portada: Alfredo Casas/Fuente: El Periódico.

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