Los límites del deseo, en Ibercampus

Los límites del deseo, en Ibercampus

Esteban Hernández /Ed. Clave Intelectual /

Los límites del deseo

«El capitalismo ha tenido muchas expresiones a lo largo de su existencia, y acaba de aterrizar en una diferente. Nuestro sistema conserva el mismo rótulo, pero apenas se parece al de la segunda mitad del siglo XX. Las grandes transformaciones sufridas, no han tenido lugar de golpe, sino a través de cambios sucesivos que nos han introducido paulatinamente en un escenario novedoso y complejo.»

Redacción 11 de enero de 2018

 

El autor señala también que «las finanzas, la empresa, la cultura o el conocimiento se rigen hoy por nuevas lógicas que generan consecuencias poderosas en la vida cotidiana y que modifican sustancialmente el mapa de la sociedad, así como nuestras opciones dentro de ella. El propósito no es realiza una impugnación o una defensa de los fundamentos teóricos del sistema, sino de una descripción de sus realidades, las que conforman el día a día, y de los conceptos y de las ideas que le dan forma, así como de las fuerzas que se le oponen. El libro no trata del capitalismo, sino del capitalismo realmente existente».

El autor comienza el libro planteando que existe una alianza “entre quienes ignoran los problemas que está causando un sistema particular en un momento histórico concreto [el capitalismo] y prefieren refugiarse en la defensa del concepto, y quienes se oponen al capitalismo en sí”. Margaret Thatcher dijo que su mayor éxito político fue Tony Blair, el presidente de la CEOE Juan Rosell pidió defender a CCOO y UGT de los movimientos asamblearios y el único partido explícitamente anticapitalista con representación institucional son las CUP, además de la corriente minoritaria de Podemos llamada Anticapitalistas.

Según declaraciones del autor, las posturas anticapitalistas no están resultando ni pragmáticas ni efectivas. En España han servido para generar interés en una parte muy pequeña de la población, y su lenguaje y sus propuestas distan mucho de haber generado simpatías amplias, al mismo tiempo que han reforzado al poder existente, porque han podido mostrar las ideas anticapi como una amenaza para la vida en común que solo podía evitarse si, por ejemplo, se votaba al Partido Popular. Pero ha ocurrido igual en Europa, donde las propuestas anticapitalistas son minoritarias y han dejado todo el espacio entre las clases desfavorecidas y las medias a populismos como el de Le Pen. De modo que están planteando el tipo de resistencia que menos contribuye a cambiar las cosas.

Tambien ha indicado que ha llegado un instante en que el descontento ha aumentado, un sentimiento social que se ha multiplicado con la crisis, y ese muro de contención ya no es tan efectivo, y en ocasiones ya no funciona, como vimos con el Brexit y Trump. Lo que estamos viviendo es la fragilidad de un establishment, por utilizar el término que se empleaba con Clinton, que ya no puede asegurar la paz social que hasta ahora había mantenido y que el ámbito financiero le exigía. Eso va a generar muchos cambios, y no necesariamente a mejor.

El apoyo mutuo y la solidaridad de clase es algo que no existe en nuestras sociedades más que de una forma muy limitada. Cuando llega la incertidumbre, y todo el mundo teme por su futuro, el primer movimiento es hacia la búsqueda de soluciones individuales. No genera más solidaridad, sino menos. Librados a una situación de supervivencia, la colaboración es menos frecuente que la competencia. Estamos en ese instante, y la tarea de la izquierda es conseguir que esas soluciones individualizadas, esa lucha de todos contra todos, pasen a convertirse en colectivas. Es una tarea compleja en una sociedad tan fragmentada como la nuestra, pero es necesario tejer discursos que generen identidades comunes.Y no es tan difícil: Le Pen lo ha hecho.Como segundo aspecto, las élites se pueden reproducir con mucha más facilidad porque el ascensor social ha dejado de funcionar. Un ejemplo. Cuando el acceso a la universidad estaba abierto a buena parte de la sociedad, era menos infrecuente que surgiera gente de distintas clases que pudiera acceder a los puestos de élite. Hoy no es así, porque ese tipo de puestos han quedado muy limitados, y sólo la pertenencia a una universidad de élite, del estilo de la Ivy League, abre la puerta de acceso a ellos. Es fácil entender que esa no es una posibilidad al alcance de todo el mundo.

Otro ejemplo que pone en sus declaraciones de promoción del libro. En los últimos años, el gran cambio en las firmas jurídicas de élite británicas ha sido el siguiente: los socios siguen siendo los mismos, hay una mucho mayor cantidad de personal con bajos salarios, algunos incluso sin formación jurídica específica, menos cuadros intermedios y peor pagados y directivos de nivel superior bien retribuidos pero cuya posibilidad de ascenso se ha cortado por completo. Esta descripción, que se repite en muchas profesiones, es también un buen retrato de nuestra sociedad…

«No planteo que no haya suficiente mercado, me limito a describir una situación en la que el poder se está concentrando en pocas manos, como ocurre en general en el mundo de las empresas, y subrayo que eso es una contradicción evidente en un sistema de capitalismo liberal, donde la competencia debería ser preservada. En cuanto a si se debe intervenir o si es mejor liberalizar, creo que el problema no está en el control de los procesos sino en los procesos mismos: no puede haber una cantidad tan elevada de dinero ficticio creado por los bancos en el mundo; no puede ser la mayor parte de él invertido en puras apuestas o en operaciones fraudulentas, como el high frequency trading; no puede ser que parte de ese dinero vaya destinado a perjudicar a la empresa productiva más que a apoyarla, y así sucesivamente. Eso es algo con lo que se tendría que acabar, no porque lo quiera la izquierda ni la derecha, sino porque es un problema enorme que nos introduce en un equilibrio económico muy inestable. Es un problema para todos, y también para el capitalismo. Los mecanismos para acabar con eso a gran escala son obviamente complejos, porque es como si me preguntases cómo es posible pasar de un sistema político a otro muy diferente, pero es esencial que a la financiarización se le pongan todas las trabas posibles, también regulatorias».

 

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