La Guerra civil y los negocios

La Guerra civil y los negocios

Fragmento de Gallo Rojo, Gallo Negro. Los intereses en juego de la Guerra Civil española de Daniel Muchnik publicado en CTXT

Poco tiempo antes de que estallara la guerra, la fórmula “las dos Españas” se había hecho carne en cada estrato de la sociedad peninsular. El proyecto terrateniente, financiero, monárquico y católico no podía permitir que “surgiera la España democrática, popular y obrera”.

Por eso, ante el avance del Frente Popular y en respuesta al crimen de Calvo Sotelo, la conjura militar se lanzó sobre el gobierno de una sociedad con escasa tradición democrática e instituciones débiles. Apropiándose o en representación de los mandatos de la derecha más cerril, el 17 de julio de 1936 los generales Emilio Mola Vidal –comandante de la insurrección–, Manuel Goded Llopis y Francisco Franco y Bahamonde iniciaron el golpe de Estado desde Melilla –en el norte de África–, y las guarniciones militares de Canarias y las Baleares.(1)

De inmediato miles de ciudadanos se aprestaron para defender con su vida  la joven y débil democracia. No es admisible, ni como excusa pueril, la denominación de “rojos” o “España roja” tras la cual se escudaron los rebeldes facciosos para caracterizar a las fuerzas que defendían la legalidad republicana. Es cierto que resistió la insurrección un grupo relevante de comunistas antiestalinistas (POUM), socialistas y anarquistas (FAI), pero también estaban al pie del cañón los partidos republicanos como Izquierda Republicana de Manuel Azaña, Unión Republicana de Martínez Barrio, los republicanos conservadores de Miguel Maura, los conservadores nacionalistas del Partido Nacional Vasco y los nacionalistas catalanes.

La sublevación fracasó en su intento original de derrocar al gobierno de forma inmediata. Y fracasó, sobre todo, por el mayoritario apoyo popular al Frente Legalista. Pese a todo, los sediciosos lograron controlar territorialmente un tercio de España –Sevilla, el norte de África, los archipiélagos, Galicia, Castilla, León y Aragón–, aunque no consiguieron avanzar sobre las regiones más desarrolladas, como Barcelona, Madrid, Valencia y el País Vasco.

A los pocos días de iniciado el golpe, la República conservaba la mayor parte del territorio, las industrias, la escueta aviación, la marina, las reservas de oro del Banco de España y el apoyo del pueblo. Pero como no podía respaldarse en el muy escaso apoyo militar, el desbordado gobierno republicano presidido por José Giral disolvió la Guardia Civil y decidió entregar armas a la población. Era la medida que la izquierda radicalizada v los anarquistas necesitaban: alimentados sus bríos por haber combatido con éxito a los sublevados, la formación de ejércitos milicianos y el estallido de la revolución fueron simultáneos. Ya no se trataba solamente de la defensa del orden democrático, sino que vieron entonces la oportunidad del cambio de sistema, del salto revolucionario.

En las grandes ciudades el Frente Popular y los anarquistas formaron Comités Revolucionarios, en Barcelona se creó el Comité de Milicianos Antifranquistas, se inició la colectivización agraria, y el gobierno no tenía con qué impedir que las fábricas fueran ocupadas por sindicalistas convertidos en milicianos. La situación generó divisiones y caos en el bando republicano: el gobierno central intentaba recuperar el orden constitucional y cerrar filas para resistir a los golpistas; izquierdas radicales y anarquistas pretendían además profundizar los logros de la República por la vía revolucionaria. Para los primeros se debía ganar la guerra y olvidar la revolución; para los segundos, se debía triunfar para implantar un gobierno revolucionario.

Devaneos y contradicciones en el campo republicano fueron cruciales para que Franco ganara tiempo, se reorganizara, retomara la iniciativa y decidiera los frentes de combate. Las declaraciones que efectuó al periódico británico Daily Mail en septiembre de 1936 definen la determinación mesiánica que alentaba al líder de los sediciosos: “Para el éxito del Alzamiento Nacional, estaría dispuesto a fusilar a media España”. Y para conseguirlo los golpistas sabían que no estaban solos: los apoyaban la Iglesia, el fascismo, el nazismo y los grandes grupos económicos internacionales, que no solo defendían sus intereses en España, sino que veían en Franco –como en Hitler y Mussolini– a un fervoroso anticomunista.

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