Justo cuando truena sobre Facebook por el uso que Cambridge Analytica hizo de los datos de millones de estadounidenses sin permiso para tratar de influir en las presidenciales que ganó Donald Trump, es bueno dar unos cuantos pasos hacia atrás y asomarse a un panorama más general. ¿Se trata de un problema de protección de datos y de oscuras influencias políticas, o es un síntoma más de algo mucho más complejo? ¿No es acaso “lo digital” un reflejo de nuestro sistema capitalista?

Evgeny Morozov (1984), uno de los grandes escépticos que critican el discurso amable y atractivo de Silicon Valley, ha venido al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid a participar en un ciclo de seminarios titulado “Seis contradicciones y el fin del presente”. Para él, tenemos un problema con el capitalismo digital. Grandes compañías estadounidenses (Google, Facebook, Microsoft, Amazon, Apple…) y chinas (Alibaba, Tencent…) acumulan enormes cantidades de datos. Poco a poco, de forma imparable, esas compañías se están haciendo con el control de infraestructuras. Y, paulatinamente, establecen sus propias condiciones. Toda una privatización del espacio originariamente público, a plena luz del día y delante de nuestras narices. Tienen demasiado poder.

Autor de El desengaño de Internet. Los mitos de la libertad en la red (Destino, 2012) y La locura del solucionismo tecnológico (Clave Intelectual, 2015), Morozov sostiene que el “capitalismo digital” es mucho más que Facebook o Twitter, es decir, de la mera monetización de nuestros datos; tiene que ver con la salud, el transporte, con el control de las infraestructuras. “Algo que va más allá de la protección de los datos personales”. También afirma que “no se puede hablar del capitalismo digital sin hablar del capitalismo financiero”. Y todo ello, sin perder de vista la dimensión política del asunto.

Personalmente, Morozov cree que abordar esas cuestiones como una asunto legal o de protección de los consumidores (mejor dicho, de protección de los datos de los consumidores) es quedarse a las puertas de la cuestión, ya que las soluciones previstas –más regulación, mayor protección de los datos- “no serán suficientes para abordar el creciente poder de esas compañías, para frenarlo”.

Influencia ‘relativa’

El asunto de Facebook y Cambridge Analytica tiene que ver, precisamente, con el uso de nuestros datos en la red. ¿Es simplemente ruido? ¿Es un síntoma del mundo en el que vivimos? ¿O es algo más? “Depende mucho de cuánta fe tengas en los sistemas electorales de las democracias avanzadas”, comenta, y se pregunta si no han sido manipuladas con anterioridad mediante el uso de datos y el análisis del comportamiento, incluso antes del surgimiento de las redes sociales e internet.

“Necesitamos tener un punto de referencia, y para mí no está en una idílica arcadia anterior a internet, sino cómo han sido tradicionalmente las campañas políticas y qué medios han influido decisivamente en ellas, al menos en EEUU”, comenta, y añade: “Fox News ha estado sacudiendo el paisaje electoral americano durante años, y sinceramente no puedo poner al mismo nivel el trabajo de Cambridge Analytica, el términos de propaganda y manipulación de lo que la gente piensa”.

No obstante, en el caso de los datos que proporcionan no sólo Facebook, sino las demás redes sociales y las búsquedas en Internet, es apabullante. Y el nivel de conocimiento que pueden tener sobre nosotros es altísimo. “Bueno, pero es que para mí eso es un grano de sal”, afirma, y explica: “Si sigues el dinero, tienes que fijarte en las grandes compañías y cuestionarte: dado que en los últimos años han invertido grandes cantidades de dinero en anuncios en las redes sociales, ¿tienen fe en el poder de ese tipo de anuncios? ¿O esa fe está descendiendo? Me da la impresión de que se están dando cuenta de que esa forma de publicidad, de fijar el objetivo de la misma, es un fraude; no es demasiado efectiva”. Y apunta: “Muchas grandes marcas, como Procter & Gamble, están reduciendo su inversión ahí, porque no lo ven efectivo”.

“La idea de uno vea un anuncio de Donald Trump y que, de repente, se dé cuenta de que su postura sobre la inmigración o el control de armas es completamente diferente a la de Hillary Clinton, es asumir que la gente es completamente idiota”, añade.

Lo cierto es que la polémica del uso de ‘microtargeting’ va por otro camino: gira en torno a la idea de que determinados mensajes a determinados votantes (muchos de ellos indecisos) pueden adecuarse a sus gustos, o a sus miedos y temores. La respuesta de Morozov no decepciona: “Eso es lo que ellos dicen, eso es lo que la gente de Cambridge Analytica dice, y si yo me dedicara al marketing también diría ese tipo de cosas”, ironiza.

“La forma en la que esos grupos objetivo de determinados mensajes, y la efectividad de esos mensajes, su efecto real, es algo que debería ser cuestionado e investigado”, afirma este experto. “La idea de tomar en serio afirmaciones de una compañía de marketing es un poco exagerado, y me cuesta trabajo tomar esas afirmaciones como algo real”, asegura, “tendría que ver todas y cada una de las pruebas que sustentan esas afirmaciones sobre la persuasión de un montón de personas mediante los anuncios que vieron en Facebook”. “En cualquier caso, comparado con otras formas de propaganda y marketing político, yo podría más atención en lo que hacen cadenas como Fox News que en la actividad de Cambridge Analytica”, insiste.

Un panorama más amplio

Entonces, ¿por qué una campaña política iba a gastar dinero en algo así, como hicieron Trump o la campaña del Brexit al contratar los servicios de Cambridge Analytica? ¿Cómo nos protegemos para los posibles efectos de esta supuestas manipulaciones? Porque al final, el último escándalo es la constatación de que las empresas de internet recolectan masivamente nuestros datos que luego son usados para experimentos para los que no hemos dado nuestro consentimiento.

“Es que al final todo depende de dónde quieras enmarcar este problema digital”, comenta Morozov, “que es ambiguo y difícil de definir: ¿de qué hablamos? ¿Qué ángulos tiene? ¿Es un problema legal? ¿Es una cuestión de protección de los consumidores? ¿Es un problema económico? ¿O político?”. Y celebra que, al menos ahora, “por fin el problema está empezando a ser abordado desde una escala apropiada, y hay ya espacio de maniobra suficiente como para buscar varios enfoques”.

Para Morozov, la situación actual puede verse como una oportunidad, más que como un problema, y sería deseable que en Europa se abriesen “amplias intervenciones” en asuntos tipo cómo usamos los datos en las infraestruturas. O bien cómo podemos podemos usar nuestros propios datos para poder impulsar nuestra propia inteligencia artificial –sin regalárselo a terceros- y no depender tanto de los desarrollos estadounidenses y chinos, que claramente lideran ese sector. En definitiva, cómo podemos recuperar la llamada ‘soberanía tecnológica’ en Europa, no en cada estado sino en el continente en general.

“Veo que muchos grupos y partidos políticos se encuentran perdidos, y los argumentos tradicionales, los de la política del siglo pasado, ya no sirven para esta década”, comenta Morozov. “La tarea es enorme”, asegura, y afirma que considerar que todos esos problemas digitales forman parte de un panorama más amplio “no requiere una serie de soluciones a una serie de problemas, sino que el asunto se convierte en todo un proyecto político en sí”. “No es simplemente una intervención tecnócrata en la protección de datos, o cantar alabanzas hacia el cifrado de datos o la tecnología blockchain; no tengo nada contra estas tecnologías, siempre que se enmarquen dentro de un proyecto político más amplio, siempre que sean los medios para alcanzar un objetivo, y no el objetivo en sí”.

Consecuencia, no causa

(…)

Lee la entrevista completa en Público.

*Foto: Román Lores | MNCARS